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Snapchat

Si algo he descubierto usando Snapchat estos dos últimos años es que me gusta mi voz. Siempre me había sorprendido en las grabaciones la voz tan repipi que tengo, sobre todo porque de tan directa que soy, acabo siendo muy a menudo poco diplomática. Como si tener una voz repipi fuera algo que sólo debiera tener alguien que contara obviedades. Con esto dejo claro la alta estima que tengo de lo que digo, aunque no siempre defienda todo lo que debiera mis argumentos. También he descubierto que me río mucho, soltando carcajadas prácticamente todos los días, cuando soy una persona bastante seria. Esto me hace especialmente gracia durante el proceso de descubrir el sentimiento de la soledad que me encuentro, porque la tristeza no es apta para las redes sociales e inconscientemente me río contando la chorrada que toque en esos 10 segundos de Snapchat. Por eso confieso que miento en las redes sociales y que no me hagáis mucho caso. ¿O quizá esto sea verdad?

NOTA: Esto lo escribí en diciembre, antes incluso que el post anterior, y actualmente no me encuentro tan ‘oscura’. Como dice hoy @mimesacojea, si lo cuento aquí es porque no tengo psicoanalista. Ni gato. De tener gato, se lo contaría a él (para eso están los gatos).

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Hacer lo que apetece

Dicen que con la edad se da menos importancia a las opiniones ajenas y haces lo que te apetece. A mí aceptar la soledad que estoy descubriendo con la edad me está bajando la autoestima y seguridad en mí misma. Siempre creo que estoy molestando o que se me ha vuelto a escapar algo incorrecto para el oyente. El otro día vi la luz cuando alguien me dijo que no molestaba, sino que mostraba interés, y se me cayeron las lágrimas al pensar que no hacía todo mal. También puede ser que me lo dijera alguien maduro, que pasa de las opiniones ajenas y que de verdad hace lo que le apetece.

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Soledad

Hace unos 5 años dos personas de dos provincias diferentes me contaban como poco a poco se quedaron sin amistades para hacer planes, sobre todo nocturnos, porque cada uno iba haciendo su vida. El maño explicaba cómo empezó a juntarse con gente variopinta formando un grupo de nocturnos para salir de juerga. En aquel momento pensé que en Madrid eso no pasaría nunca ya que no paras de conocer gente y te proponen planes constantemente pero justo el año pasado me encontré en esta misma situación. Lo solventé saliendo hasta las mil con una persona con la que congenié desde el primer momento pero que hasta hacía un año no habíamos salido de fiesta y lo pasábamos muy bien, hasta que un día desapareció. Otros amigos dicen que cuando tenían mi edad también se quedaron descolgados. Lo cierto es que todo esto me ha hecho darme cuenta que siempre he estado sola, rodeada de mucha gente, pero en el fondo, sola. Y es que vivía en una incompetencia inconsciente* que no me hacía darme cuenta de ello y vivía feliz en mi ignorancia. Hace un año pasé a una competencia inconsciente* y me dio algo de vértigo pero empecé a entender a toda esa gente que se sorprendía de muchas de mis decisiones pasadas como irme al extranjero sin conocer a nadie en el destino ni tener referencias del lugar o de alguien que hubiera vivido allí, sólo los datos y experiencias que leía en Internet. Ahora vivo una competencia consciente* en la que soy consciente de lo que me rodea pero no le doy mucha importancia porque sé que llegará el día que ni me de cuenta de esta situación y pase a una competencia inconscienteSigue leyendo “Soledad”

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Los pares molan

Los pares molan y como rezaba el evento de mi cumpleaños “…y los 32 serán, fácilmente, mejor que los feos 31.” Este año no tuve falsas actuaciones y aunque hubo alguna baja, conseguí reunir a los que llevan todo este último año aguantándome. Sobró comida y aunque ahora tengo menos espacio, no fue un problema. Tenía pensado decir unas palabras de agradecimiento pero me rajé en el último momento porque sabía que se me saltarían las lágrimas y estaba saliendo todo tan redondo con todos hablaban con el resto que preferí no cortar el rollo. Por ello, creo que ha sido la mejor celebración que he tenido en mucho tiempo o que quizás el quitarme malos rollos me ayuda a disfrutar de lo que tengo.

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Dublín, donde comenzó todo

Llevo unos meses triste sin ganas de hacer nada, arisca. Aunque intento disimularlo y estar ocupada el puente de noviembre se me escapó por desidia y debía cambiarlo. Rauda compré un vuelo a Dublín. En Irlanda pasé un mes en 2004 a mejorar mi inglés pagado con los ahorros de la beca de colaboración de la UCM. No conocía a nadie y me iba sola. Estuve en un pequeño pueblo cerca de Dublín llamado Rush viviendo con una familia cuya madre era irlandesa pero que tras morir el marido dejó Londres con sus dos hijos y se volvió a su pueblo. El hijo mayor insultaba a la madre (aprendiéndolos yo) y el de 7 años empezó a tomar té conmigo sin yo incitarlo para sorpresa de la madre. En la casa también había un canario y un estonio que ostenta el premio que más calabazas he repartido. Fue la primera vez que pasaba tanto tiempo en el extranjero sin conocer a nadie y lo que abrió el gusanillo para futuras aventuras. Un año después me iba a Islandia. A este viaje sólo le pido descansar la mente. Espero perderme y volver a disfrutar perdida por calles que quizás me suenen los ratos que mi anfitrión esté trabajando.

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Déjà vu

Un déjà vu es cuando sentimos que una experiencia que estamos viviendo nos resulta familiar y nos hace sentir extraños porque tenemos la sensación que estamos reviviendo el presente.

Ayer me pasaron una foto de una chica rubia con el pelo por los hombros medio ondulado y me recordó a mis tías, las hermanas de mi madre, todas más jóvenes que ella. Teniendo en cuenta que mi madre me tuvo con 30 años yo he visto pasar a mis tías con la edad que hoy cumplo: 31. Pero yo, que siempre me he sentido un poco bicho raro porque tengo características de mi familia paterna y materna y nunca se ponen de acuerdo a quien me parezco más, sentí que esa sonrisa, ese gesto que tenía en esa foto mía ya lo había vivido y se lo había visto a mi madre y a mis tías.

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¿Expatriados por obligación o de corazón?

En 2012 me tocó pasar Nochebuena y Navidad con mi familia materna en Zaragoza donde nos justamos 19 personas. El día de Navidad antes de regresar a Madrid les miré y me imaginé el cuadro de la última cena y aunque no vi a Judas ni Jesús representado en ninguno de ellos sí intenté imaginarme cómo fue para ellos dejar el pequeño pueblo de la provincia de Soria donde vivían e irse a vivir a Zaragoza y alguno después de estudiar irse a vivir a otra provincia más lejana porque fue donde encontraron trabajo. Aquello comenzó como una avanzadilla del hijo mayor al que poco a poco le siguieron los hermanos hasta acabar yéndose mis abuelos con los hijos más pequeños que entonces eran niños. Pasaron de un medio muy rural a trabajar en fábricas mis tíos mayores y mis abuelos en una portería. Por mucho que España fuera un país rural aquello tuvo que ser un cambio muy brusco.

A la vez miraba a mis primos de 26, 25, 18, 16, 13… y empecé a pensar dónde les llevaría la búsqueda de trabajo. Algo me dice que se irán más lejos de los 153 km que les separaba de Soria a sus padres o de los 460 de mi padrino. Además, me resulta gracioso darme cuenta que la primera expatriada de la familia fui yo y ya hay varios dispuestos a seguirme el camino planeando su año de Erasmus o la beca que exista y puedan pillar para empezar. El tiempo dirá si simplemente viven una aventura como la mía o se quedan en destino como les pasó a sus padres. ¿O quizás me vuelva a marchar yo? Sí, soy una despegada.